Un vídeo homenaje a la estupenda banda sonora de la película "Two Mules for Sister Sara", compuesta por el compositor italiano Ennio Morricone, con escenas de la misma película.
sábado, 11 de mayo de 2013
Ludwig Ferdinand Clauss: el Bosque y el Desierto
Una introducción a la obra del antropólogo Ludwig Ferdinand Clauss, uno de los raciólogos e islamistas más reputados del siglo pasado. En sus estudios rechazará los zoologismos de las teorías raciales nacidos del darwinismo para adaptar un punto de vista más psico-espiritual centrado en el alma y el carácter del componente racial.
Es una "raciología" psicologista y no biologista que busca demostrar cómo los cuerpos y rasgos raciales constituyen la expresión material de una realidad psíquica/espiritual. Sus investigaciones se centran en las expresiones del rostro y del cuerpo, aquello que es propiamente humano, dejando de lado las comparaciones demasiado elementales entre el hombre y el resto de animales.
Estudiará principalmente dos razas: el componente étnico germánico-escandinavo del pueblo alemán y el componente étnico de las razas árabes-beduinas. Con los primeros resaltará la influencia psicológica de los bosques europeos en la formación del carácter y con los segundos la mística del desierto. Clauss, influenciado por el geógrafo Ewald Banse, creerá fuertemente en el impacto que tiene el paisaje y la ecología en la psicología humana.
Terminó convirtiéndose al Islam, lo cual le permitió conocer en profundidad la mentalidad del beduino y los fundamentos psicológico del Islam, la religión universal del desierto.
Clauss será el ejemplo académico de que en efecto se puede desarrollar una raciología positiva sin caer en el racismo negativo y degenerativo moderno. Como muy bien lo dice el autor al final del artículo, debemos superar la moda imperante de la reductio at Hitlerum que se ha convertido en una manía embrutecedora cuando se aborda el tema tabú de las razas humanas.
Por Robert Steuckers
Es una "raciología" psicologista y no biologista que busca demostrar cómo los cuerpos y rasgos raciales constituyen la expresión material de una realidad psíquica/espiritual. Sus investigaciones se centran en las expresiones del rostro y del cuerpo, aquello que es propiamente humano, dejando de lado las comparaciones demasiado elementales entre el hombre y el resto de animales.
Estudiará principalmente dos razas: el componente étnico germánico-escandinavo del pueblo alemán y el componente étnico de las razas árabes-beduinas. Con los primeros resaltará la influencia psicológica de los bosques europeos en la formación del carácter y con los segundos la mística del desierto. Clauss, influenciado por el geógrafo Ewald Banse, creerá fuertemente en el impacto que tiene el paisaje y la ecología en la psicología humana.
Terminó convirtiéndose al Islam, lo cual le permitió conocer en profundidad la mentalidad del beduino y los fundamentos psicológico del Islam, la religión universal del desierto.
Clauss será el ejemplo académico de que en efecto se puede desarrollar una raciología positiva sin caer en el racismo negativo y degenerativo moderno. Como muy bien lo dice el autor al final del artículo, debemos superar la moda imperante de la reductio at Hitlerum que se ha convertido en una manía embrutecedora cuando se aborda el tema tabú de las razas humanas.
***
Introducción a la obra de Ludwig Ferdinand Clauss
(1892-1974)
Por Robert Steuckers
Nacido el 8 de febrero de 1892
en Offenburg, en la región de Taunus, el antropólogo Ludwig Ferdinand Clauss se
convirtió en uno de los raciólogos e islamistas más reputados durante el
período entre las dos guerras mundiales, destacando en su obra una aproximación
espiritual y un análisis de las distintas componentes raciales de la población
europea, por una parte, y un estudio en profundidad de la psicología beduina,
después de vivir durante un largo período de tiempo en el seno de distintas
tribus de Transjordania. La originalidad de su método de investigación
raciológica consistió en la renuncia a los zoologismos de las teorías raciales
convencionales, nacidas de la herencia del darwinismo, en las que al hombre se
las considera un simple animal más evolucionado que el resto. Clauss renunció a
las comparaciones demasiado elementales entre el hombre y el resto de animales
y focalizó sus investigaciones en las expresiones del rostro y del cuerpo, que
son específicamente humanas, sin olvidar su alma y carácter.
Clauss explotaba así los
diferentes resortes de la fenomenología para elaborar una raciología
psicologista (o una "psico-raciología") que conlleva la comprensión
del otro lejos de toda xenofobia. Desde esta óptica, admitirá la diferencia,
insuperable e inimitable, del Otro, aceptando la pluralidad de los caracteres
humanos, la variedad de formas de ser-hombre, y rechazando toda lógica de
homologación y de centralización restrictiva.
Ludwig Ferdinand Clauss fue
discípulo de gran filósofo y fenomenólogo Edmund Husserl. Estuvo también
influido por Ewald Banse (1883-1953), un geógrafo que estudió antes que Clauss
el impacto del paisaje en la psicología, de la ecología sobre la mente. Estas
teorías casaban mal con aquellas otras de carácter biologista propias del
nacional-socialismo. Los adversarios de Clauss consideraban que éste
rehabilitaba con sus teorías el dualismo cuerpo/alma, tan caro a las doctrinas
religiosas cristianas y, en consecuencia, contrarias a las darwinistas stricto sensu. Clauss consideraba que la dimensión
psíquica y espiritual del hombre pertenecen a un nivel diferente de aquellas
otras características de índole somático y biológico. Clauss, efectivamente,
demostró que los cuerpos, los rasgos raciales, eran la expresión material de
una realidad espiritual/psíquica. En última instancia, tanto el espíritu (Geist) como el alma (Seele)
son primordiales en la forma del cuerpo. Después de las teorías
postfenomenológicas de Clauss, una raza que nos es extraña, diferente, deberá,
pues, ser evaluada, no con relación a superioridad corpórea alguna, de unos
rasgos raciales somáticos, sino por su interioridad psíquica. El antropólogo
deberá, en consecuencia, vivir en el entorno natural de la raza que estudia.
Razón por la cual Clauss, influido por los acontecimientos en Alemania,
comienza por estudiar la componente nórdica de la población alemana en su
propio biotopo, constatando que esta componente étnica germano-escandinava es
la de una "raza que tiende a la acción", según sus propias palabras,
expresándose a través de impulsos fríos y una preocupación por los resultados
tangibles. El medio geográfico originario de la raza nórdica es el bosque que
cubría la Europa central en la antigüedad.
El Gran Bosque ha marcado a
los europeos de origen nórdico como el desierto ha influido decisivamente a
árabes y a beduinos. La traza literaria más significa que corrobora esta
nostalgia por el bosque primordial entre los germanos se encuentra en el primer
libro que evoca el relato del Evangelio en lengua germánica, editado bajo los
auspicios de Luis el Piadoso. Dicha obra, titulada Heliand(El Salvador), cuenta,
de manera épica a los germanos de la antigüedad tardía y de la alta Edad Media,
los episodios de la vida de Jesucristo, quien no tiene los rasgos de un profeta
del Oriente próximo, sino los de un sabio errante dotado de características
guerreras y de un carisma luminoso, capaz de arrastrar a una falange de
vigorosos discípulos. Para traducir los pasajes relativos al retiro que
Jesucristo llevó a cabo durante cuarenta días en el desierto, el traductor
medieval no habla de desierto ni utiliza vocablo germánico alguno que designe
una vasta extensión de arena y rocas, desolada e infértil, sin vegetación ni
sobras. Escribió sinweldi, que significa
"bosque sin fin", espeso e impenetrable, henchido de una gran
variedad de esencias y abrigo de innumerables formas de vida. Así, para
meditar, para reencontrarse en la soledad, frente a Dios, frente a la
virginidad no condicionada de los elementos, el germano se dirige no al desierto
que, por otra parte, no conoce, sino al gran bosque primordial. El bosque es
protector y salir de él equivale a volver a un "espacio no protegido"
(véase la leyenda del noble sajón Robín de los Bosques y la fascinación que aún
hoy continúa ejerciendo en el imaginario de niños y adolescentes). La idea de
bosque protector es fundamentalmente diferente de la de desierto que abre las
puertas de lo Absoluto: implica una visión del mundo más plural, que abraza una
mayor multiplicidad de formas de vida vegetal y animal, que además están
interrelacionadas en todo orgánico, globalizador y protector.
El homo europeus o germanicus no
ha tenido tiempo de forjar y codificar una espiritualidad completa y absoluta
del bosque y, en la actualidad, que no conoce el desierto interior, al
contrario que beduinos y árabes, carece de bosques a través de los cuales
entrar en contacto con lo Incondicionado. De hecho, cuando Ernst Jünger habla
del "recurso al bosque", de adoptar la figura delWaldgänger, en realidad está formulado una
abstracción, una hermosa abstracción, pero no más allá de una abstracción en la
medida en que el bosque ya no existe salvo en forma de atávicos y vagos
recuerdos. Los descendientes de los hombres de los bosques han inventado la
técnica, la mecánica (Clauss la llama Mechanei),
que pretende ser un ersatz, un sucedáneo de la
naturaleza, un paliativo con el que se pretende resolver todos los problemas
que la vida plantea, pero que, al final, no deja de ser una construcción en
lugar de una germinación dotada de memoria interior (código genético). Sus
ancestros, los cruzados, se habían doblegado ante el desierto y ante su poder
implacable. Las psicologías humanas no son intercambiables de manera
arbitraria: un hombre del bosque no se convierte en un hombre del desierto y
viceversa, a pesar de las migraciones sobre la superficie del planeta.
Clauss aplicó de manera
concreta (y personal) su método psico-raciológico entre los beduinos que viven
en el desierto del Neguev, convirtiéndose al Islam y adoptando su modo de vida.
De esta experiencia extrajo una visión interior del mundo árabe y una
comprensión directa de los fundamentos psicológicos del Islam, fundamentos que
revelan el origen desértico de esta religión universal.
Tras el derrumbe del III
Reich, Clauss editó varias novelas cuyo telón de fondo será el desierto y el
mundo árabe, puso sus trabajos al día y publicó un estudio muy profundo sobre
el Islam, convirtiéndose así en uno de los escasos alemanes en conocer
acabadamente dicho universo. La mística árabe-beduina del desierto desemboca en
una adoración por lo Incondicionado, en una sumisión del creyente por lo
Incondicionado. Para el beduino (esto es, para el árabe más auténtico), el
ideal de perfección consiste en liberarse de los "condicionantes" que
le apartan de su relación con lo Absoluto. El hombre perfecto es aquel que se
muestra capaz de superar sus pasiones, sus emociones, sus intereses. El
elemento fundamental de lo que es divino, desde esta perspectiva, es el istignâ, la ausencia total de necesidades. Pues
Dios, que es lo Incondicionado, no tiene necesidades, ni debe nada a nadie.
Únicamente los seres humanos son deudores: son los responsables de encauzar sus
vidas, recibidas de Dios, de forma que plazcan a Dios. Esta tarea de
conformación vital constante se dirige contra la incompetencia, el descuido, la
negligencia, pecados a través de los cuales el hombre sucumbe, al perder su
humildad y la conciencia de su indigencia ontológica. Es contra los que quieren
persistir en el error contra los que el Islam llama a la Jihad. El creyente quiere someterse al orden inmutable
y generoso que Dios ha creado para el hombre y debe luchar contra las
artificiosidades de los "asociadores", quienes arbitran argumentos
que van contra el sentido de su interés y priman las pasiones mal dominadas. El
dominio de los "asociadores" conduce al caos y a la decadencia.
Reflexiones importantes en el momento en que la diáspora musulmana es forzada
interior y exteriormente por toda suerte de manipuladores ideológicos y
mediáticos. Clauss estaba fascinado por esta exigencia ética, incompatible con
las modas funcionales de la poliquitería europea convencional. Y esto es
precisamente lo que no se le perdonó.
Ludwig Ferdinand Clauss murió
el 13 de enero de 1974 en Huppert, en la región de Taunus. Considerado por los
musulmanes como uno de los suyos, y por los europeos conscientes como el
intelectual que mejor ha comprendido el carácter étnico europeo, por los judíos
como un "hombre justo" —quien además ha llegado a ser homenajeado en
Israel—, recientemente ha sido vilipendiado por los periodistas de la claque
antifascista de París, entre los que hay que destacar a René Schérer, quien
habitualmente utiliza como pseudónimo "René Monzat". Para este
Schérer-Monzat, el raciólogo Clauss no habría sido otra cosa que un fanático
nazi, en la medida en que sus preocupaciones de orden raciológico no serían
sino una deriva de aquella ideología vencida en 1945. Schérer-Monzat se nos
muestra así, de esta manera, como una de las más patéticas víctimas del
maniqueísmo y la incultura contemporáneas, donde la moda de la reductio ad Hitlerum se ha convertido en una
manía embrutecedora. Al contrario de lo que piensan y escriben los
intelectualillos antifascistas, Clauss es la quintaesencia del respeto por el
Otro, respeto que se concreta en no expulsar al Otro de su contexto primordial
sino de fusionarse con él en su medio original. Provocar extrañas mezclas,
entregarse al desorden, pretender experimentar con uniones imposibles, no es
prueba de respeto por las culturas que nos son ajenas.
domingo, 5 de mayo de 2013
Pinturas de William Blake
- El Número de la Bestia es 666
- La Prostituta y el Gigante
- El Dragón Rojo y la Bestia del Mar
- Gerión transportando a Dante y Virgilio hasta Malasbolosas.
- La Visión de Elías
- El Sueño Demoníaco de Job
- Cuando las Estrellas de la Mañana Cantan Juntas
- Los Ladrones y las Serpientes
- El Señor respondiendo a Job
- Lucifer
jueves, 2 de mayo de 2013
El renacer del Islam y sus perspectivas futuras
Por Antonio
Medrano
Uno de los fenómenos más
llamativos del siglo XX es el renacer del Islam. Fenómeno que tiene lugar sobre
todo en la segunda mitad de este siglo que se aproxima a su fin, y más
especialmente a partir de los años setenta. El hecho resulta tanto más notable
cuanto que el mundo islámico se hallaba aletargado, sumido en una profunda
decadencia, en regresión progresiva desde tiempo atrás. Todo apuntaba a un lento
pero inexorable retraimiento del Islam, incluso a su desaparición bajo la
arrolladora oleada de las nuevas ideas y corrientes surgidas en Occidente en
los últimos tiempos.
Si dirigimos la mirada hacia los dos últimos siglos observamos, en efecto, una expansión planetaria de la moderna civilización occidental. Es éste, sin lugar a dudas, el rasgo más definitorio de esta fase histórica que va preparando el terreno para el mundo en que actualmente vivimos. A partir del siglo XVIII, se registra un auténtico proceso de occidentalización universal, que llega a su culminación con el triunfo de la revolución industrial y el avance de las ideologías igualitarias. El mundo occidental, que se ha desprendido de su propia tradición espiritual, para instaurar una civilización profana, materialista y racionalista, trata de imponer al resto de la humanidad sus propios esquemas y su forma de vida, buscando incluso someter a su poder económico, político y militara los pueblos de todos los continentes.
Los pueblos de religión islámica no serán ajenos a esta honda expansiva de tan tremendas repercusiones. La ofensiva occidentalista se cebará en ellos con especial virulencia, pues no en vano son los más próximos a ese mundo en ebullición del que partirán las líneas directrices configuradoras del orden mundial. En el inundo islámico el impacto occidentalizador sumirá dos formas de principales: el colonialismo y las dictaduras modernizadoras.
Los países árabes y musulmanes, tanto del norte de África como de Asia, en especial del oriente próximo, serán víctimas de la voracidad imperialista de los países europeos, sedientos de materias primas y de tierras y poblaciones sobre las que proyectar su poder material. Las potencias europeas, sobre todo Inglaterra y Francia, se aprovechan de la debilidad y corrupción de los gobiernos de dichos países islámicos para irlos incorporando paulatinamente a sus imperios coloniales. Esa incorporación colonialista viene acompañada, lógicamente por la inoculación de toda clase de ideas y modos de vida occidentales, con la consiguiente laminación de las creencias y convicciones islámicas. Y esta situación se mantiene, con diversas vicisitudes, hasta la Guerra Mundial, tras la cual entra en crisis la expansión colonial europea para ceder el puesto a nuevas y más sutiles formas de neocolonialismo, sobre todo de signo soviético o norteamericano.
Junto al fenómeno, colonial, a veces como reacción frente a él, se registra en los países islámicos, sobre todo a partir de los años 50, una corriente no menos nociva: las dictaduras revolucionarias y modernizadoras que, envueltas en el ropaje de una mística nacionalista, pretenden instaurar una ideología y tinos sistemas políticos, sociales y culturales poco acordes con la tradición islámica o, peor aún, en abierta contradicción con la misma. Toda la energía de dichos regímenes dictatoriales va dirigida al establecimiento de formas laicas y secularizadas, cuando no abiertamente ateas, calcadas de las imperantes en el moderno Occidente. Se trata, pues de una occidentalización forzada, que hace tabla rasa de todo lo que puedan ser principios o valores islámicos.
Esta oleada anti‑islámica forjada en el seno de los mismos pueblos musulmanes a consecuencia del contagio del bacilo occidental, se inicia ya en la segunda década del siglo con la revolución de Kemall Ataturk en Turquía, que se esfuerza por barrer cualquier rastro de cultura islámica, empezando por la manera de vestir o el alfabeto y terminando por el cierre de las escuelas sufíes. Es continuada posteriormente por los numerosos movimientos, revoluciones y regímenes políticos que intentan sacar de su marasmo y poner «a la altura de la historia» a las naciones afectadas, modernizándolas y occidentalizándolas, es decir, desislamizándolas de forma más o menos brusca.
A esta línea obedecen, entre otras: la revolución
nasserista en Egipto; la dictadura del Sha en el Irán; el régimen socializante
del Baas en Siria, Irak, con su posterior desembocadura en el sanguinario
despotismo personal de Saddam Hussein; la dictadura de Siad Barr en Somalia, el
régimen filo‑marxista del FLN en Argelia o el régimen comunista de Babrak Kemal
en Afganistán.
Se pueden distinguir dos vertientes o modalidades en esta corriente dictatorial secularizadora: la de inspiración socializante, incluso abiertamente marxista, situada bajo la inspiración y la férula de la Unión Soviética, y la de aliento capitalista, pro‑americana y antisoviética, más inclinada a confiar en la protección de los Estados Unidos. Pero el enfoque y el proyecto básico es siempre el mismo: un propósito decidido y vergonzante de desislamización a ultranza. El que muchas de estas dictaduras anti‑islámicas se hayan arropado en un supuesto islamismo, como ingrediente de un nacionalismo árabe — es el caso de Saddam Hussein, blandiendo el Corán para dar un aire de respetabilidad a su régimen ateo y antimusulmán — no altera en nada la realidad ni debe inducir a engaño.
Esta es, pues, la situación que presenta el mundo islámico en esta hora histórica, ya muy entrado el siglo XX, en que las religiones van perdiendo terreno, como algo anticuado y propio de un pasado lleno de supersticiones, en beneficio de la religión laica del progreso. Todo parecía dar la razón a los heraldos del materialismo y el laicismo progresista que entonan el réquiem por ese «opio del pueblo» que, de acuerdo a sus peculiares esquemas ideológicos, constituiría la religión, la islámica al igual que todas las demás. En semejante ambiente, los pueblos musulmanes —o al menos sus élites dirigentes— sufren un agudo complejo de inferioridad que les hace mirar como un lastre su más valiosa herencia. Poseídos por una amnesia espiritual, se avergüenzan de su patrimonio sagrado y se aferran a las concepciones modernas importadas de Occidente como si en ellas estuviera su tabla de salvación.
Pero en la segunda mitad de este siglo tiene lugar una inversión radical de esta tendencia de regresión de lo islámico. Se produce un auténtico renacimiento del Islam, de su cultura, de sus valores. Los pueblos musulmanes vuelven sus ojos, cada vez con más fuerza y convicción, hacia su propia tradición. El hito capital en este giro histórico, el hecho más sintomático y significativo en esta nueva andadura, es la revolución del Imán Khomeini en el Irán chiíta. Por primera vez en estos tiempos de ateísmo teórico y práctico triunfa una revolución de inspiración religiosa, y ello en un país tan significativo como Persia o Irán, marcado desde sus orígenes con una misión providencial en la historia de la humanidad. Desde entonces el mundo islámico no ha cesado de adquirir fuerza y protagonismo en el escenario mundial.
Tras ese acontecimiento decisivo se va desencadenando en los países de cultura islámica una serie de reacciones, movimientos y corrientes organizadas que buscan revitalizar la propia tradición.
El renacer del Islam ha ido acompañado por toda una serie de manifestaciones externas, políticas, sociales y culturales, sobre las cuales nos han informado ampliamente la prensa y los medios de comunicación, aunque desgraciadamente no siempre de forma objetiva, verídica ni fiable. Manifestaciones que van desde la revolución iraní a la lucha de Chechenia por su libertad; desde la rebelión del pueblo afagano, contra el régimen comunista y la injerencia soviética —la heroica lucha de los afganos fue uno de los ingredientes que determinaron la caída del comunismo—; desde la efervescencia combativa de los núcleos musulmanes en el Líbano o Palestina a la eclosión en Turquía de grupos bien organizados que, dando la espalda a la herencia se esfuerzan por construir una auténtica cultura islámica, acercándose a los aledaños del poder; desde los incipientes balbuceos de los movimientos fundamentalistas en Marruecos a los avances del FIS en Argelia y las consiguientes reacciones de los gobernantes occidentalizados para frenar dicho avance; desde el despertar de la martirizada Bosnia, en el sudeste europeo, a la progresiva ascensión de los musulmanes negros en los Estados Unidos, bajo el liderazgo de Farrakhan. ¿Quién sabía hace años que existía en el Cáucaso un país llamado Chechenia o que en Bosnia Herzegovina existían núcleos musulmanes? He aquí algunos pequeños pero elocuentes indicios del protagonismo creciente que va adquiriendo el Islam en esta segunda mitad del siglo XX.
Pero junto a todo esto, que es en lo que se quedan las informaciones periodísticas, hay algo mucho más importante y profundo: el reverdecer de toda una tradición espiritual, el nuevo florecimiento de una rica herencia sagrada.
El aspecto sin duda más decisivo del actual renacer islámico, aunque de esto no hablen los periódicos, es el resurgimiento intelectual, en el más riguroso sentido de la palabra. es decir, el reaflorar del más valioso y profundo legado (te la tradición islámica, de su contenido sapiencial. Se registra en nuestros días, en efecto, un redescubrimiento en toda regla de las fuentes de la sabiduría, del Irfan. Se extiende y afianza el sufismo, la corriente mística y exotérica que hunde sus raíces en los orígenes mismos de la revelación coránica.
Es significativo que en este siglo, y más concretamente en los últimos decenios, se hayan escrito, precisamente en Europa, obras capitales sobre la teología, filosofía, metafísica y mística islámicas. Obras como Comprender el Islam de Frithjof Schuon, probablemente el más completo y profundo estudio sobre la visión islámica del mundo y de la vida que se haya publicado hasta ahora, o la monumental biografía del Profeta Muhammad escrita por Martin Lings. No podrían dejar de citarse asimismo las eruditas aportaciones de Henry Corbin, que nos han permitido conocer la riqueza de la espiritualidad persa, o los documentadísimos trabajos de Seyyed Hossein Nasr sobre la ciencia, el arte y la filosofía del Islám. A todo ello habría que añadir las numerosas traducciones a lenguas europeas de textos clásicos de los principales maestros del Irfan y del Tasawuf: Ibn Arabí, Rumi, Al‑Gazali, Suhrawardî. Gracias a esta ingente labor intelectual la gran riqueza espiritual y cultural del Islam resulta hoy accesible para cualquier europeo o americano que desee conocer a fondo este mundo que hemos tenido siempre tan próximo y tan distante.
Forzoso es precisar que este renacimiento del Islám, que tiene lugar ante nuestros ojos de forma tan espectacular se inserta cada vez con mayor fuerza, ante la crisis de la actual civilización materialista y racionalista, y que constituye uno de los rasgos sobresalientes de los tiempos que vivimos. TI‑as el vacío creado en el alma humana por las ideologías y concepciones ateas, inhumanas, reduccionistas que han dominado el panorama mundial durante los últimos siglos, se vuelve la mirada a la religión y la espiritualidad, única fuerza capaz de dar respuesta a los problemas que plantea la vida.
Y ya que hablamos del islam, no puede dejar de mencionarse la decisiva contribución que han hecho numerosos autores musulmanes a este general renacimiento espiritual y religioso que se extiende por todo el mundo. En Occidente hay que destacar, en este sentido, la labor del francés René Guénon, a quien corresponde el mérito de haber iniciado la llamada corriente caracterizada por su carácter ecuménico y por su profundidad esotérica. Guénon, que abrazó el Islam, insertándose en una vía sufí, termino sus días en Egipto, donde vivió con el título de Sheikh Abdel Wahed Yahia. Nadie ha hecho tanto como René Guénon por devolver su a las ciencias sagradas y por mostrar el camino que conduce a la superación de la crisis en que se halla sumido el mundo moderno. Su obra ha sitio una aportación de primer orden para la restauración de la Filosofía.
Son muchos los autores que han continuado la tarea iniciada por Guénon y han
seguido con gran brillantez el camino por él abierto. Entre ellos abundan los
que se sitúan en una perspectiva islámica, a algunos de los cuales ya nos hemos
referido con anterioridad. Además de los ya citados Martin Lings, Frithjof Schuon,
cabe mencionar a Mihail Valsan, Léo Schaya, Titus Burckhardt o Gay Eaton.
Un detalle significativo, que llama poderosamente la atención en tales autores es el sincero respeto a todas las tradiciones ortodoxas y el profundo conocimiento que tienen de todas ellas. Para quien se acerca por primera vez a sus textos, no deja de resultar chocante el hecho de que estos autores no se lancen a una acción de propaganda en favor de la fe en la que viven. Sorprende la ecuanimidad con que hablan de las diversas vías espirituales de la humanidad. Nada más ajeno a sus exposiciones y enfoques que el fanatismo, el proselitismo, el partidismo superficial y exclusivista. Se trata de autores que no pretenden difundir el Islam, no buscan convertir al interlocutor o al lector, aunque ofrecen enfoques profundísimos de la tradición islámica que demuestran conocer a la perfección.
U no de los efectos que ha tenido la labor intelectual de los autores mencionados han sido precisamente la renovación en profundidad del Cristianismo, es decir, la recuperación de su más honda sabiduría, de su mensaje esotérico y metafísico. Por paradójico que pueda parecer, este ha sido uno de los frutos de la semilla sembrada por Guenón. En este descuella la labor de autores como Jel Abbé Stephane, Jean Hani, Jean Borella, Louis Charbonneau‑Lassay, Jean Tourniac, François Chenique, Lord Northbourne, Tage Lindbon o Philip Sherrard, para citar solo algunos de los más significativos.
Hasta aquí hemos hablado de los aspectos positivos que presenta el renacer del islam y de sus prometedoras esperanzas para el futuro. Pero es menester hablar ahora de los peligros y las amenazas que se ciernen sobre el mundo islámico en su conjunto y que pueden frustrar ese luminoso renacer como ya aconteciera en épocas pretéritas. ¿Cuáles son tales peligros? Yo señalaría tres principales, que se insinúan de forma amenazadora en la actualidad:
1.
La instrumentalización del credo islámico;
2.
El contagio de ideas occidentales;
3.
El reduccionismo de lo islámico a ciertos aspectos, con el
descuido de sus dimensiones más hondas e importantes.
En primer lugar, hay que
alertar sobre la instrumentalización que puedan hacer del islam determinados
grupos, corrientes o individuos a los que el islam importa muy poco, o que
incluso lo desprecian y lo odia, y que no harán otra cosa que utilizarlo para
ponerlo al servicio de sus oscuros objetivos: su ambición y su afán de poder,
sus ideologías modernistas y materialistas, sus propósitos megalómanos o sus
locuras mesiánicas. Es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en la Argelia del FLN,
que pretendía arropar su progresismo marxista en creencias islámicas, o en el
Irak de Saddam Hussein, cuando éste llama a la "guerra santa" o enarbola
frases del Corán para movilizar a las masas en defensa de su régimen amenazado.
Ocioso es hacer notar el riesgo de desnaturalización y falsificación que, para
el mensaje islámico, injusta e inmerecida, que puede despertar en sectores no
islámicos que, ignorantes de lo que el Islám realmente es, tomen esa
contrafacción pseudoislámica por una expresión de islamismo.
Segundo peligro que
apuntábamos: el contagio de ideas o sugestiones recibidas de la moderna
civilización occidental, que son completamente ajenas a la tradición islámica
pero que muchos intentan amalgamar con el Corán y el credo islámico. Así por
ejemplo, las ideas de democracia, de progreso, de revolución. En este sentido,
hay que mencionar también fenómenos como el socialismo, el nacionalismo o el terrorismo.
Fenómeno este último, extremadamente grave y altamente sintomático de la
descomposición moral del Occidente moderno, que ha sido acogido con suicida
entusiasmo por numerosos movimientos del mundo árabe y musulmán en general.
Como puede apreciarse este peligro va íntimamente ligado al anterior, siendo
inseparable de él.
Por último, habría que aludir
al peligro más grave y que está en la base de los otros dos, aunque pueda
parecer de menor rango: el intento de reducir el Islam a los aspectos más superficiales
y accesorios de la tradición musulmana. Es decir, la hipertrofia de su
dimensión exotérica, importante sí, pero siempre superficial y subordinada a
aspectos más profundos y elevados. Conviene no olvidar que esta hipertrofia
exotérica lleva inevitablemente asociada la perdida de dimensión sapiencial de
dicha tradición, la ceguera o la aversión hacia ella. Y no hay que perder nunca
de vista que — al igual que ocurre con cualquier otra tradición espiritual, que
tiene en la Sabiduría o núcleo esotérico su fuente de vida— el Irfan o
sabiduría es el corazón mismo del Islam. No habrá renacer del Islam sin una
previa recuperación y afirmación del Irfan. La reducción del Islam a sus
aspectos más exteriores trae, por el contrario, como consecuencia la deformación,
la degeneración el empobrecimiento de dicha tradición.
Fácil es imaginar las funestas
consecuencias que tiene por fuerza que acarrear la confluencia de los tres
factores apuntados: instrumentalización, contagio , y reduccionismo. Y hay que
volver a insistir en que es el tercero de ellos el que hace posible y propicia
la aparición de los otros dos. En efecto, una tradición que ha dado la espalda
a su propia sabiduría está inerme ante los vaivenes que sacuden la historia y
queda a merced de las aberraciones, errores y sugestiones que circulan en el
ambiente.
He aquí, pues, la conclusión
de este somero examen: el Islam desempeña ya un gran papel en el mundo actual,
sobre todo como fermento espiritual. Y está llamado a desempeñar un papel
todavía más importante en el siglo XXI, en el próximo milenio.
Para ello el mundo islámico
deberá, por un lado, revitalizar su núcleo espiritual, profundizar en él y
cultivarlo con esmero, pues sólo así podrá permanecer fiel a su más auténtica
esencia y a su más hondo mensaje. Por otro lado manteniendo un espíritu
abierto, que está en la raíz del mensaje del Profeta Muhammad, deberá evitar
desplazarse hacia posiciones que impliquen una actitud de agresividad, de
conquista, de violencia o de exclusivismo que no harían sino provocar
reacciones hostiles.
De este modo, rechazando los
engañosos cantos de sirena que le incitan a seguir otras rutas y que pretenden
hacer de él un elemento perturbador o desestabilizador, el mundo islámico que
en este nuestro siglo despierta de nuevo podrá contribuir de manera decisiva a
la edificación de un mundo más justo y armónico, que encuentre su
fundamentación y arraigo vii la 1 111 divina. Será un mensajero de paz, orden y
libertad en este mundo de caos, esclavitud y violencia, y podrá al mismo tiempo
desempeñar su misión histórica de puente entre Oriente y Occidente, que hoy día
se hace tan necesaria.
En la esperanza de que esto
ocurra, contemplando la esperanzadora promesa de este renacer y conscientes de
la Fuerza sobrenatural que mueve ese renacer del Islam, podemos decir, con
nuestros hermanos musulmanes: Al hamdu‑li‑llah, "Alabado sea
Dios".
sábado, 27 de abril de 2013
Entrevista a Luca Prodan
Una de las pocas entrevistas hechas a Luca Prodan, en donde narra humorísticamente algunos de los eventos de su vida que lo marcaron e incentivaron a llevar la vida de excesos que llevó.
Su rebeldía y crítica a la sociedad burguesa y pudiente es absolutamente comprensible pero absolutamente mal canalizada. Sin embargo, fue consecuente con su decisión de llevar una vida tanática de autodestrucción hasta el final de sus días y eso hace que sus palabras adquieran una cierta y peculiar resonancia.
En la indigencia del loco o demente, por lo mismo que entraña una austeridad radical semejante a las prácticas del ascetismo más riguroso, puede percibirse como el reflejo inverso de la "pobreza espiritual" que practican sus opuestos los santos liberados, más aún si es que ésta viene acompañada de talento individual (más no genio) y sensibilidad.
Su rebeldía y crítica a la sociedad burguesa y pudiente es absolutamente comprensible pero absolutamente mal canalizada. Sin embargo, fue consecuente con su decisión de llevar una vida tanática de autodestrucción hasta el final de sus días y eso hace que sus palabras adquieran una cierta y peculiar resonancia.
En la indigencia del loco o demente, por lo mismo que entraña una austeridad radical semejante a las prácticas del ascetismo más riguroso, puede percibirse como el reflejo inverso de la "pobreza espiritual" que practican sus opuestos los santos liberados, más aún si es que ésta viene acompañada de talento individual (más no genio) y sensibilidad.
martes, 23 de abril de 2013
Isabelle Eberhardt, La Fascinación del Desierto
Artículo escrito por el tradicionalista Joaquin Albaicin sobre la enigmática y aventurera vida de Isabelle Eberhardt, la primera mujer europea (aunque fue rusa en realidad) que se convierte al Islam. Una mujer muy culta y transgresora de las falsas costumbres burguesas europeas que encuentra en el Islam una forma de vida rebosante de pureza y primordialidad.
Con una prosa exquisita escribió solamente algunos pocos cuentos, artículos periodísticos y unos cuantos diarios personales en los que logra retratar el hechizo mágico que le causó el descubrimiento del Islam, la religión nómada del desierto.
Se mudó junto con su madre a vivir al norte de África, pero lamentablemente muere a muy temprana edad debido al desborde de un río que arrasó con la casa en la que vivía. Sus diarios junto con algunos cuentos fueron encontrados y eso es lo único que se conoce de su obra literaria.
De temperamento singular no vaciló en disfrazarse de hombre y comportarse como tal para acceder a lugares en los que estaba prohibido el acceso a las mujeres. Tuvo un activismo político en contra de los colonizadores franceses y se cuenta que tuvo una extensa vida amorosa...
En torno suyo se ha creado una leyenda muy grande, algunos incluso han llegado a emparentarla con el mismo Rimbaud, pero quién mejor que el poeta gitano Albaicín para darnos un vivo retrato de este interesantísimo personaje.
***
Isabelle Eberhardt: La fascinación por el Desierto
Múltiples
voces del mundo de la literatura, la edición y el cine se alzaron para pedir
que 2004 fuera declarado en Francia año literario de Isabelle Eberhardt. El
documental sobre su vida de la realizadora tunecina Raja Amari, firmante de la
premiada Satin rouge, está ya en marcha. ¿Quién fue aquella nómada
impenitente inmortalizada en la gran pantalla con las facciones de Mathilda May
y de cuya muerte se cumple el centenario?
Sin duda es la antología comentada debida a Eglal Errera,
la escritora francesa nacida en Alejandría, publicada en la colección de
biografías femeninas de Circe, la mejor introducción en lengua castellana a la
fascinante personalidad de la soñadora rusa cuyo personal y borgiano libro de
arena integran unos pocos cuentos, reportajes y novelas, sus diarios y un
predecible óbito en la flor de la vida. Aunque quiera la leyenda hacerla hija
de Rimbaud, el padre de Isabelle fue Alexander Trofimovsky, pope ruso amigo de
Bakunin y discípulo de Tolstoi por el que su madre abandonó a su marido para
establecerse cerca de Ginebra, en una villa consagrada por sus antiguos dueños
al cultivo de plantas exóticas y, a partir de su llegada, lugar de tertulia y
pernocta para toda laya de prófugos de Siberia y conspiradores varios.
Sus diarios y cartas no esclarecen por qué vía incubó la
pasión por el Islam una adolescente que, educada por Trofimovsky, jamás puso el
pie en un colegio y creció en un ambiente antirreligioso. Parece que las
primeras noticias directas de África le llegaron con apenas 16 años, en su
cruce de epístolas con un joven militar francés destacado en Argelia, y que
afianzó el interés su amor por un funcionario del consulado turco. Seguirán las
cartas a su hermano, alistado en la Legión, en las que Isabelle emplea ya un
prometedor árabe autodidacta, habla del Islam como vivencia íntima, se califica
de alma en el exilio que se ahoga en tierra de infieles y -lo cual es más
intrigante- se expresa en términos inequívocamente deudores de la tradición
sufí, la más secreta y nuclear del Islam... En 1896, a los 19 años, se escribe
con Abu Naddara, judío egipcio expatriado en París y seguidor de la corriente
nacionalista egipcia anti-otomana encabezada por Djamal El Din El Afghani, que
la ayudará a progresar en su dominio del árabe y el turco. El lazo emocional e
intelectual de Isabelle con el mundo islámico difiere, pues, del de sus
contemporáneos orientalistas andando el tiempo magistralmente diseccionados por
Edward Said, lo que se reflejará con posterioridad en su obra, ayuna de la
menor tentación folklorista.
Tiene 20 años cuando, dejando atrás a su progenitor,
emigra con su madre a Argelia. Parece que fue nada más llegar cuando aconteció
la entrada formal de ambas en el Islam, paso insólito en la época. Al año, tras
la muerte de su madre, ya publica sus primeros artículos y cuentos bajo el
seudónimo de Mahmoud Esaadi. En tanto los raptos de exaltación o tristeza
activan su talento literario, se da a la bebida durante sus no menos frecuentes
pasajes de melancolía. Busca en las soledades del desierto consuelo para sus
bruscas mudas de ánimo. Vestida de hombre, alterna en Argel mezquitas y bajos
fondos, encuentros turbios con discusiones pías y eruditas sobre el Corán.
Peregrina a las fuentes del éxtasis, su irrefrenable querencia hacia los
predios de la espiritualidad parece haber hallado vehículo en los rituales
sufíes y la contemplación arrobada de la Naturaleza tanto como en los éxtasis
de la carne, considerando a cada amante un peldaño de su escala hacia los
arrebatos místicos.
En 1899, a lomos de su caballo, se interna por primera
vez en el Sahara, donde la oficialidad francesa recibe glacialmente a aquella
rusa musulmana ataviada con ropas viriles de beduino, que ha rechazado varias
propuestas de matrimonio y decide quedarse en El Oued, "la extraña ciudad
de pequeñas e innumerables cúpulas redondas." Pasará dos meses acompañando
a un funcionario del cadí de Al Monastir y su escolta en la tarea de recaudar
impuestos y sofocar rencillas tribales, sin que nadie recele de su falsa
identidad de joven turco huido de un colegio francés.
En 1900, de vuelta en El Oued tras un par de breves
viajes a Francia que le permiten reencontrarse con Naddara y entrar en relación
con la periodista rusa Lydia Pashkov, publicar algunos de sus relatos de viajes
y sobre todo, constatar que su mundo no es ese, conoce a Sliman, suboficial de
las tropas indígenas que será su gran, feliz y atormentado amor. Frecuenta a
los sufíes de la cofradía Qadiri, a la que pertenece Sliman, en la que ella
misma será iniciada y a muchos de cuyos miembros -gracias a los rudimentos de
oftalmología aprendidos de su padre- curará de conjuntivitis, cataratas y otros
padecimientos oculares típicos del desierto. Enfurecidos por su ascesis rayana
en la indigencia, su gusto por el alcohol, su promiscuidad y, sobre todo, sus
críticas al proselitismo religioso, los funcionarios franceses hacen correr el
bulo de que es una misionera metodista y tratan de expulsarla acusándola de
espionaje, lo que Isabelle logra evitar contrayendo matrimonio con Sliman y adquiriendo,
así, la nacionalidad gala. También parece que su existencia errante y solitaria
y su atuendo masculino indignaron a determinados medios locales. Nunca se
aclaró si el intento de asesinato con sable perpetrado contra ella por un árabe
enloquecido fue inducido por una visión angélica -como declaró el agresor- o
urdido por las autoridades coloniales.
Isabelle, tratada en aquel juicio casi más como acusada
que como denunciante, fue sin duda víctima de los recelos clásicos de los
militares hacia los periodistas, incrementados desde que iniciara su
colaboración con el diario anticolonialista Akhbar, cuyo propietario, Victor Barrucand, había intervenido para colocar como
traductor a su esposo en el ayuntamiento de Tanas. Algunos militares, sin
embargo, simpatizaron con ella. Fue el caso del general Lyautey, partidario de
un proceso colonizador basado en el conocimiento de la lengua y la civilización
del pueblo invadido, y no en la mera presencia de tropas, y que, tras la
batalla de El Moungar, resolvió enviarla a Ain-Sefra, en la ‘tierra de nadie’
fronteriza con el reino de Marruecos, para mediar con las tribus rebeldes, lo
que despertó rumores sobre su pertenencia al Deuxième Bureau. Meses después
volverá, también por mandato de Lyautey, a entrevistarse con el principal
dirigente espiritual local. No regresaría. Asaltada desde tiempo atrás por
recurrentes crisis de malaria, sífilis y paludismo, abandonó el hospital para
instalarse en la modesta casa que había adquirido para vivir allí con Sliman.
El 21 de octubre de 1904, la sorprendió la riada. Lyautey rescatará de los
escombros de la vivienda sus escritos manchados de fango. Tenía 27 años. Había
sonado la hora de su fama póstuma.
A juicio de Errera—que ultima una novela y varios cuentos
para niños ambientados en la Alejandría cosmopolita—la vida de Isabelle encarna
"un mensaje para la mujer de hoy, por haber llevado adelante sus
elecciones culturales y sexuales y la soledad que tales elecciones le
impusieron, por haber amado profundamente, por haber tenido una vida política,
porque fue abierta de mente, inteligente, sensible y una aventurera de
verdadero talento."
Nunca recibió el bautismo, nunca fue cristiana, por lo
que no ha lugar a calificar su adhesión al Islam de conversión propiamente
dicha. ¿Puede, pues, hablarse de aquella mujer criada a la sombra de la
exuberante vegetación tropical de su villa suiza y muerta en el desierto como
de una precursora de la sociedad multicultural? Errera no está segura:
"Desconfío de los iconos... Su relación con el Islam y la cultura árabe
fue apasionada y, quizá, una vía de escape para una historia familiar demasiado
penosa y pesada. Fue, esencialmente, una rebelde cuya sensibilidad quedó
impresionada por la crueldad del colonialismo. Quizá el alma rusa y el alma nómada
árabe se encontraron en algún lugar muy profundo dentro de ella. ¿Quién sabe?"
Sólo Alá.
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